La ANSIEDAD es, en muchas circunstancias, una respuesta normal que se produce
cuando una persona percibe una posible amenaza. Su función es protegernos
de dicha amenaza, haciendo que evitemos la situación, salgamos corriendo
o luchemos.
Así pues, por una parte, los síntomas relacionados con la ansiedad
tienen una función adaptativa. Por otra parte, dado que vivimos en una
ambiente muy diferente al de nuestros antepasados prehistóricos, es posible
que los síntomas que entonces eran adaptativos no lo sean tanto en la
actualidad. Algunos autores afirman que la evolución ha favorecido los
genes de la ansiedad, puesto que en una situación ambigua puede haber
más probabilidades de sobrevivir si te asustas y retrocedes sin motivo,
que si no te asustas ni retrocedes cuando sí tienes motivo.
Si a esto le unimos nuestro propio pensamiento y una tendencia a exagerar la
importancia de ciertos acontecimientos, entonces no resulta nada extraño
que los trastornos
de ansiedad sean tan comunes.
Cuando una persona siente ansiedad, lo que más destaca de dicha experiencia
es esa sensación de intenso malestar (miedo, terror, angustia) y los
síntomas fisiológicos que está experimentando. Por este
motivo, se le suele dar una mayor importancia a estos síntomas y no se
tiene muy en cuenta el pensamiento. Sin embargo, el pensamiento
juega un papel central en la aparición de la ansiedad. Aunque la gente
no suele tener muy en cuenta su pensamiento y en muchos casos ni siquiera es
consciente de lo que pasa por su mente, cuando les preguntamos, vemos que su
cabeza está llena de imágenes y pensamientos amenazadores.
Ignacio es un hombre de 40 años que corre por el campo, en una zona
montañosa y complicada. Ha corrido más veces por allí,
y a veces ha sentido debilidad, cansancio, temblor en las piernas, falta de
aliento, e incluso un ligero mareo. Ha ignorado estos síntomas porque
los ha interpretado como una consecuencia normal del ejercicio físico
y, por tanto, algo no amenazante. Esta vez, sin embargo, las circunstancias
son diferentes. Su hermano, de 37 años de edad, ha tenido recientemente
un infarto. Cuando Ignacio va corriendo por el campo y empieza a sentir esos
mismos síntomas que ha sentido otras veces, no los interpreta de la misma
manera, sino que en su mente aparece de repente un pensamiento amenazante que
ha rondado por su cabeza desde que su hermano tuvo el infarto: "¿Y
si me pasa a mí?" De repente, lo que antes eran para él reacciones
normales al ejercicio físico, se convierten en terribles amenazas: la
posibilidad de tener un infarto. En su mente se forman con rapidez imágenes
que le aterran. Se ve a sí mismo tirado en el suelo en mitad del campo
sin que nadie pueda ayudarle, y ya no solo tiene miedo a tener un infarto sino
también a morir. Todos esos pensamientos e imágenes mentales hacen
que se sienta cada vez más ansioso hasta acabar teniendo un ataque de
pánico.
El peligro futuro
El rasgo principal de la ansiedad es que es una respuesta que se produce como
consecuencia de la percepción de una amenaza futura. Es decir, la persona
considera que algo terrible puede pasar o está a punto de pasar, que
existe una amenaza que puede causarle un daño físico o emocional.
Las sensaciones fisiológicas que tuvo el corredor del ejemplo anterior
implicaban para él la amenaza de tener un infarto y la posibilidad de
morir. Hablar en público puede significar para una persona exponerse
a hacerlo mal delante de todos y quedar como un idiota, ser objeto de burlas,
desprecio o rechazo. En nuestro pasado prehistórico, el desprecio del
grupo podía suponer la expulsión, y eso era casi una sentencia
de muerte. Por este motivo, no es extraño que la ansiedad social sea
tan común en la actualidad. Las personas con mayores niveles de ansiedad
social tenían más probabilidades de sobrevivir.
Por tanto, la ansiedad sirve para advertir a la persona de la existencia de
un posible peligro físico o sanción social. De hecho, una persona
puede sentirse ansiosa solo por pensar o imaginarse a sí misma en esa
situación temida, debido a todas las cosas horribles que cree que podrían
pasarle.
Ansiedad normal frente a ansiedad patológica
Si la situación temida que imaginas consiste en caminar por un alambre
a 50 metros de altura, la respuesta de ansiedad parece perfectamente normal.
Si lo intentas, puede que tus piernas se paralicen, que no puedas avanzar o
que te marees. Estos síntomas te obligan a alejarte de inmediato de una
situación potencialmente peligrosa.
Pero esa misma reacción puede aparecer al ver un inofensivo perro, una
mariposa, o al imaginar que le pides un ascenso a tu jefe. La respuesta en todas
estas situaciones es la misma: evalúas la situación (pedir un
ascenso, caminar por un alambre a 50 metros, etc.) y la interpretas como amenazante;
es decir, consideras que algo muy malo puede pasarte si sigues adelante. Esta
interpretación puede ser realista o puede no serlo. Cuando no es realista,
sino exagerada y te impide conseguir cosas que deseas y que son positivas para
ti, entonces estamos ante la presencia de un trastorno de ansiedad que puede
tratarse eficazmente mediante una psicoterapia
cognitiva o cognitivo-conductual.
Así pues, en los trastornos de ansiedad no existe un peligro real, sino
una interpretación exagerada o errónea de una situación
determinada y del peligro que planeta. Por tanto, la respuesta de ansiedad es
inapropiada y, en vez de protegerte de un peligro real, te impide actuar de
un modo eficaz.

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